Cuento: El Maestro Tibetano

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En un templo muy lejano, un día entra una persona pidiendo hablar con el maestro que está a cargo del templo porque quiere comenzar a recibir sus enseñanzas.
 
El maestro ya tiene muchos alumnos y todos saben que es muy exigente y que no acepta a cualquiera, simplemente porque son muchos los que creen estar listos para recibir sus conocimientos, y la verdad es que según el maestro, la mayoría simplemente está confundido y lo que quiere es reemplazar su ego por un ego espiritual, algo así como; yo soy muy bueno, me porto muy bien y quiero obtener sabiduría para compartirla.
 
Después de mucho insistir consigue presentarse ante el maestro y le expone su petición de ser su discípulo y poder quedarse allí para recibir su instrucción.
 
Éste, de una sola mirada se da cuenta de cuál es su recorrido y cuáles son las confusiones que trae al respecto, pero como lo ve bastante decidido, le dice bueno yo te acepto como alumno, pero primero, ¿viste que desde la puerta de entrada hasta aquí viniste por un caminito de piedras que cruza el jardín con un árbol grande, camino que te trajo hasta esta escalera donde estamos ahora hablando, verdad?
 
-Si, respondió.
 
-Bien, pues deja el camino perfecto y cuando lo esté, me avisas, y si queda perfecto yo te acepto.
 
El hombre pidió una escoba y se dispuso a barrer todo el polvo y las hojas.
 
Le llevó toda la mañana y cuando estaba impecable llama al maestro y le dice ya terminé.
 
El sabio le dice:
– Hombre!, esto se puede mejorar_ y dando media vuelta se marcha por donde vino.
 
El hombre con más ímpetu aún, comienza a baldear con agua el camino y con meticulosidad tras secarse, barre de nuevo hasta la última mota de polvo. A las piedras más grandes incluso les saca brillo con un cepillo de dientes, y se acuesta de noche agotado.
 
Al día siguiente el maestro le dice:
– Vengo a ver tu trabajo.
-¡Mire!,- le dice el orgulloso aspirante a discípulo, ahora está perfecto, no tengo nada más que hacer, creo que es imposible mejorarlo.
 
El maestro se dirige por el camino hasta el árbol y de una patada fuerte consigue que caigan unas cuantas hojas secas al camino.
Se queda unos segundos mirándole fijamente a los ojos y le dice:
– Ahora si está perfecto.
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