Cuento: El Regalo

Las cicatrices nos recuerdan que a través del trabajo interior, se pueden superar heridas que nos ayudan a crecer y convertirnos en mejores personas. 

Miguel tenía trece años y muy mal genio y siempre encontraba una excusa para pelearse con su madre, gritarle a su padre y tirarle de los pelos a su hermana.

En el colegio, los niños más pequeños le tenían miedo: siempre estaba dispuesto a insultarlos o darles una patada cuando jugaban al fútbol.

—Esto no puede seguir así… —comentaban sus padres desesperados.

Hablaron con él seriamente, pero no sirvió de nada. Su hermana se lo pidió a través de una carta preciosa con un dibujo, pero él la tiró sin leerla.

Le apuntaron a taekwondo para que aprendiera a controlarse, pero tampoco consiguieron que cambiara.

Un día, su madre tuvo una idea viendo por televisión un programa de bricolaje…
—¿Hay un regalo para mí? —preguntó Miguel entusiasmado mientras abría el paquete que le entregaba su madre.
Eran unos dardos sin diana. Al ver la cara de perplejidad de su hijo, le explicó:
—Sí, hijo. Cada vez que te enfades, cuando tengas ganas de gritarnos o insultar a alguien, puedes lanzar uno.
—Pero… ¡no hay diana! —protestó.
—La puerta de tu cuarto será tu diana. ¿Te parece bien?

La primera semana, Miguel clavó 253 veces los dardos. De noche y de día, ¡casi hasta dormido! Lanzaba uno. Luego lo sacaba y así una y otra vez.
La segunda semana, ya solo lanzó 170 dardos. La tercera, 80.

Al cabo de un mes, una noche le dijo a su madre:
—Hoy ha sido el primer día que no he lanzado ningún dardo.

Al observar reflejados en la puerta todos aquellos aguijonazos de rabia, se había ido conteniendo hasta dejar de enfadarse. Había aprendido a frenarse antes de gritar o pegar a alguien.

Sus padres lo felicitaron, muy orgullosos. Luego le pidieron que contaran juntos las marcas que habían quedado en la puerta: ¡más de quinientas!

Miguel se quería morir de la vergüenza.
—Hijo, has aprendido a no dejarte dominar por tus enfados —le dijo su madre con cariño—, pero quiero que mires bien los agujeros: cada vez que lanzaste el dardo, aunque luego lo arrancaras, quedó una marca para siempre.
Del mismo modo, cada vez que haces o dices algo malo a un compañero o a tu familia, queda una pequeña cicatriz. Puedes pedirle perdón, pero la marca seguirá ahí, como en esta puerta.
La única solución es pensártelo dos veces antes de lanzar el dardo.

(Del libro “Cuentos para quererte mejor” Alex Rovira y Francesc Miralles)

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PROPIETARIO

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